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Grandes y sangrientas batallas cientÍficas



GRANDES Y SANGRIENTAS BATALLAS CIENTÍFICAS

En 1787 alguiende Nueva Jersey (parece que nadie recuerda quién exactamente) descubrió un gran fémur que sobresalía de la orilla de un arroyo en un lugar llamado Woodbury Creek. Era evidente que el hueso no pertenecía a ninguna especie de criatura aún viva, al menos en Nueva Jersey. Por lo poco que se sabe hoy, se cree que pertenecía a un hadrosaurio, un gran dinosaurio de pico de pato. Los dinosaurios eran desconocidos por entonces.

El hueso se envió al doctor Gaspar Wistar, el anatomista más destacado del país, que lo describió aquel otoño en una sesión de la Sociedad Filosófica Americana de Filadelfia. Desgraciadamente Wistar no fue capaz de comprender del todo la importancia del hueso y se limitó a formular unos cuantos comentarios cautos e insulsos, indicando que se trataba del hueso de una cosa enorme. Desperdició así la oportunidad de descubrir los dinosaurios medio siglo antes que ningún otro. En realidad, el hueso despertó tan poco interés que se guardó en un almacén y acabó desapareciendo. Con lo que el primer hueso de dinosaurio que se encontró fue también el primero que se perdió.



Resulta bastante desconcertante que ese hueso no despertase más interés, ya que su aparición se produjo en un momento en que había muchísimo interés en el país por los restos de grandes animales antiguos. El motivo de ese interés era una extraña afirmación de un gran naturalista francés, el conde de Buffon (aquel que calentaba las esferas del capítulo anterior), de que los seres vivos del Nuevo Mundo eraninferiores en casi todos los aspectos a los del Viejo Mundo. América, escribía Buffon en su enorme y muy estimada Historia natural, era un continente en el que el agua estaba estancada, el suelo resultaba improductivo y los animales eran de menor tamaño y menos vigorosos, ya que debilitaban su constitución los «vapores nocivos» que se desprendían de sus ciénagas pútridas y sus bosques sin sol. En un medio así, hasta los indios nativos carecían de virilidad. «No tienen barba ni vello corporal -informaba sabiamente Buffon-, ni tampoco pasión por la hembra.» Sus órganos reproductores eran «pequeños y débiles».

Los comentarios de Buffon obtuvieron un apoyosorprendentemente entusiasta entre otros autores, sobre todo entre aquellos cuyas conclusiones no se hallaban obstaculizadas por una familiaridad real con el país. Un holandés llamado Corneille de Pauw proclamó, en una obra popular titulada Recherches philosophiques sur les américains [Investigaciones filosóficas sobre los americanos], que los varones americanos nativos no sólo eran reproductivamente mediocres sino que «carecen hasta tal punto de virilidad que tienen leche en los pechos». Estas ideas gozaron de una pervivencia inverosímil y pueden hallarse repeticiones o ecos de ellas en textos europeos hasta cerca de finales del siglo XIX.



En América tales afirmaciones causaron, como es natural, indignación. Thomas Jefferson incluyó una réplica furibunda (y absolutamente desconcertante, a menos que se tenga en cuenta el contexto) en susNotas sobre Virginia, e indujo a su amigo de New Hampshire, el general John Sullivan, a enviar veinte soldados a los bosques del norte a buscar un alce macho para regalárselo a Buffon como prueba de la talla y la majestuosidad de los cuadrúpedos americanos. Los soldados tardaron veinte días en encontrar un ejemplar adecuado. Desgraciadamente comprobaron después de matarlo que carecía de la imponente cornamenta que había especificado Jefferson, pero Sullivan añadió consideradamente la cornamenta de un ciervo, proponiendo que se incluyese en el envío. sQuién iba a descubrir en Francia la verdad, después de todo?

Entre tanto, en Filadelfia (la ciudad de Wistar) los naturalistas habían empezado a unir los huesos de una criatura gigantesca parecida a un elefante, que se conoció al principio como «el gran incognitum americano» pero que se identificó, no del todo correctamente, como un mamut. El primero de estos huesos se había descubierto en un lugar llamado Big Bone Lick, en Kentucky, pero no tardaron en aparecer más por todas partes. Parecía que el continente americano había sido en tiempos el hogar de una criatura de una envergadura verdaderamente considerable…, una criatura que refutaba las necias opiniones gálicas de Buffon.

Los naturalistas americanos parece que se excedieron un poco en su afán de demostrar la envergadura y la ferocidad del incognitum. Se excedieron en seis veces respecto a su tamaño y lo dotaron de unas garras aterradoras, que se encontraron en las proximidades quecorrespondían en realidad a un Megalonyx, o perezoso terrestre gigante. Llegaron a creer, además, lo que resulta bastante notable, que el animal había gozado de «la agilidad y la ferocidad de un tigre» y lo representaban en sus ilustraciones acechando con gracia felina a su presa desde unos peñascos. Cuando se descubrieron unos colmillos se encasquetaron en la cabeza del animal de innumerables e ingeniosas formas. Un restaurador los atornilló dirigidos hacia abajo como los de un tigre de dientes de sable, dotándolo así de un aspecto satisfactoriamente agresivo. Otro dispuso los colmillos de manera que se curvasen hacia atrás, basándose en la simpática teoría de que la criatura había sido acuática y los había utilizado para anclarse en los árboles cuando dormitaba. Pero la consideración más pertinente sobre el incognitum era que parecía estar extinto…, un hecho que Buffon utilizó alegremente como prueba de su indiscutible naturaleza degenerada.

Buffon murió en 1788, pero la polémica continuó. En 1795 se envió a París una selección de huesos, que examinó allí la estrella en ascenso de la paleontología, el joven y aristocrático Georges Cuvier. Éste había demostrado ya su talento para dar una forma coherente a montones de huesos desordenados. Se decía de él que era capaz de determinar el aspecto y la naturaleza de un animal, a partir de un simple diente o de un trocito de quijada, y en muchas ocasiones de indicar la especie y el género además. Dándose cuenta de que a nadie se le habíaocurrido en América realizar una descripción formal de aquel voluminoso animal, lo hizo él, convirtiéndose así en su descubridor oficial. Le llamó mastodonte (que significa, un tanto sorprendentemente, «dientes de mama»).

Cuvier, inspirado por la polémica, escribió en 1796 un artículo que hizo época, «Nota sobre las especies de elefantes vivos y fósiles», en el que planteó por primera vez una teoría formal de las extinciones. Creía que la Tierra experimentaba de cuando en cuando catástrofes globales en las que desaparecían grupos de criaturas. Para los que eran religiosos, como el propio Cuvier, la idea planteaba problemas inquietantes porque indicaba una despreocupación incomprensible por parte de la Providencia. sCon qué fin creaba Dios las especies sólo para acabar con ellas de golpe más tarde? Era una idea contraria a la creencia en la Gran Cadena del Ser, que sostenía que el mundo estaba cuidadosamente ordenado y que todas las cosas vivas que había en él tenían su lugar y su propósito, y siempre lo habían tenido y lo tendrían. Jefferson, por su parte, no podía aceptar la idea de que se permitiese alguna vez que especies enteras se esfumasen-o, en realidad, que evolucionasen-.



Así que, cuando se le planteó que podría tener un valor científico y político el envío de una expedición que explorase el interior del país situado al otro lado del Misisipí, apoyó inmediatamente la idea, esperando que los intrépidos aventureros encontrarían rebaños de saludables mastodontes y otras criaturasdescomunales pastando en las pródigas llanuras. Fueron elegidos como jefes de la expedición el secretario personal y amigo de confianza de Jefferson, Meriwether Lewis, y William Clark, éste como naturalista jefe. La persona elegida para aconsejarle sobre lo que tenía que buscar en cuanto a animales vivos y difuntos era ni más ni menos que Gaspar Wistar.

En ese mismo año -de hecho en el mismo mes- en que el celebrado y aristocrático Cuvier proponía en París su teoría de las extinciones, al otro lado del canal de la Mancha a un inglés casi desconocido se le ocurrió una idea sobre el valor de los fósiles, que tendría también ramificaciones perdurables. Se llamaba William Smith y era un joven que trabajaba como supervisor de obra en el Coal Canal de Somerset. La noche del 5 de enero de 1796 estaba sentado en una posada de posta de Somerset y se le ocurrió de pronto la idea que acabaría haciéndole famoso. Para poder interpretar las rocas tiene que haber algún sistema de correlación, una base en la que puedas apoyarte para decir que esas rocas carboníferas de Devon son más recientes que aquellas rocas cámbricas de Gales. Lo que hizo Smith fue darse cuenta de que la solución estaba en los fósiles. Con cada cambio de estratos rocosos se producía la desaparición de ciertas especies de fósiles, mientras que otros seguían presentes en los niveles subsiguientes. Determinando qué especies aparecían en qué estratos, podías descubrir las edades relativas de las rocas siempre que apareciesen. Apoyándose ensus conocimientos de agrimensor, Smith empezó inmediatamente a elaborar un mapa de los estratos rocosos de Inglaterra, que se publicaría después de muchas comprobaciones en 1815 y se convertiría en una piedra angular de la geología moderna. (En el popular libro de Simon Winchester, The Map that Changed the World [El mapa que cambió el mundo], se explica toda la historia.)

Por desgracia Smith, después de habérsele ocurrido esa idea iluminadora, no se interesó, curiosamente, por saber por qué razón estaban las rocas dispuestas de la manera que lo estaban. «He dejado de preguntarme por el origen de los estratos y me contento con saber que es así -explicó-. Las razones y los porqué no pueden caber dentro del campo de un prospector de minerales.»

La revelación de Smith sobre los estratos agudizó aún más el embarazoso dilema moral relacionado con las extinciones. Para empezar, confirmaba que Dios había liquidado criaturas no esporádicamente sino repetidas veces. Eso le hacía parecer no ya despreocupado, sino extrañamente hostil. Hacía también inoportunamente necesario explicar por qué unas especies eran eliminadas mientras que otras seguían existiendo los eones subsiguientes sin impedimento. Estaba claro que había más en las extinciones de lo que podía explicarse por un simple diluvio noeiano, que era como se denominaba el diluvio bíblico. Cuvier resolvió el asunto a su propia satisfacción, explicando que el Génesis sólo se aplicaba al diluvio más reciente. Al parecer, Dios no habíaquerido distraer o alarmar a Moisés dándole noticia de anteriores extinciones intrascendentes.

Así pues, en los primeros años del siglo XIX, los fósiles habían adquirido una importancia indiscutible e ineludible, que hizo que resultase más desafortunado aún el hecho de que Wistar no se hubiese dado cuenta de la trascendencia de su hueso de dinosaurio. Pero, de todos modos, estaban apareciendo de pronto huesos por todas partes. Los estadounidenses tuvieron más oportunidades todavía de poder apuntarse el descubrimiento de los dinosaurios, pero las desperdiciaron todas. En 1806 la expedición de Lewis y Clark atravesó la formación de Hell Creek, Montana, una zona en la que los cazadores de fósiles andarían más tarde literalmente sobre huesos de dinosaurios, e incluso examinaron detenidamente lo que era claramente un hueso de dinosaurio incrustado en la roca, pero no sacaron nada en limpio de ello. Se encontraron también huesos y huellas fosilizadas en Nueva Inglaterra, en el valle del río Connecticut, después de que un campesino llamado Plinus Moody descubriera antiguos rastros en un saliente rocoso en South Hadley, Massachusetts. Algunos de estos restos al menos se conservan aún, sobre todo los huesos de un arquisaurio, hoy en la colección del Museo Peabody de Yale. Se encontraron en 1818 y fueron los primeros huesos de dinosaurio que se examinaron y conservaron, pero desgraciadamente no se identificaron como lo que eran hasta 1855. En ese mismo año de 1818 en que se descubrieron murió CasparWistar, pero obtuvo una inmortalidad segura e inesperada cuando un botánico llamado Thomas Nuttall puso su nombre a una bonita planta trepadora. Algunos botánicos puristas aún siguen insistiendo en llamarle wistaria.

Pero por entonces el impulso paleontológico se había trasladado a Inglaterra. En 1812, en Lyme Regis, en la costa de Dorset, una niña extraordinaria llamada Mary Anning (de once, doce o trece años según la versión que se lea) encontró un extraño monstruo marino fosilizado de cinco metros de longitud, que se conoce hoy como el ictiosaurio, incrustado en los empinados y peligrosos acantilados del canal de la Mancha.

Era el inicio de una carrera notable. Anning dedicaría los treinta y cinco años siguientes de su vida a recoger fósiles, que vendía a los visitantes. Encontraría también el primer plesiosaurio, otro monstruo marino y uno de los primeros y mejores pterodáctilos. Aunque ninguno de ellos fuese técnicamente un dinosaurio, eso no era demasiado importante en la época, ya que nadie sabía por entonces qué era un dinosaurio. Bastaba con hacerse cargo de que el mundo había albergado en otros tiempos criaturas asombrosamente distintas de cualquier cosa que pudiese encontrarse ahora.

No se trataba simplemente de que a Anning se le diese bien encontrar fósiles -aunque no tenía rival en eso-, sino que además era capaz de extraerlos con la mayor delicadeza y sin dañarlos. Si alguna vez tienes la oportunidad de visitar la sala de reptiles marinos antiguos en el Museo deHistoria Natural de Londres, te ruego que lo hagas porque no hay otro modo de apreciar la escala y la belleza de lo que consiguió esta joven trabajando prácticamente sin ayuda, con los instrumentos más elementales yen condiciones casi inverosímiles. Sólo el plesiosaurio le llevó diez años de paciente excavación. Aunque no tenía formación científica, Anning fue también capaz de aportar dibujos y descripciones competentes para los estudiosos. Pero incluso con la ventaja de sus dotes, eran raros los descubrimientos significativos y pasó la mayor parte de su vida en condiciones de notoria pobreza.

Sería difícil encontrar a una persona a la que se haya pasado más por alto en la historia de la paleontología que Mary Anning, pero lo cierto es que hubo una que se le aproximó bastante desgraciadamente. Se llamaba Gideon Algernon Mantell y era un médico rural de Sussex.

Mantell era una desgarbada colección de puntos flacos (era vanidoso, egoísta, mojigato, no se ocupaba de su familia…), pero nunca ha habido paleontólogo aficionado más ferviente. Tenía además la suerte de contar con una esposa devota y perspicaz. En 1822, mientras él estaba realizando una visita domiciliaria a una paciente en el Sussex rural, la señora Mantell fue a dar un paseo por un sendero cercano y, en un montón de escombros que alguien había dejado para rellenar baches, encontró un objeto curioso: una piedra marrón curvada, del tamaño aproximado de una nuez pequeña. Conociendo como conocía el interés de su marido por losfósiles y pensando que podría ser uno, se lo llevó. Mantell se dio cuenta inmediatamente de que era un diente fosilizado y, después de un breve estudio, llegó a la conclusión de que pertenecía a un animal herbívoro, un reptil, extremadamente grande (más de tres metros de longitud) y del periodo Cretácico. Tenía razón en todo; pero eran conclusiones audaces, ya que no se había visto ni imaginado siquiera por entonces nada como aquello.

Sabiendo que su descubrimiento pondría patas arriba la visión del pasado, y prevenido por su amigo el reverendo William Buckland (el de las togas y el apetito experimental) de que debía actuar con prudencia, Mantell dedicó tres laboriosos años a buscar pruebas que apoyasen sus conclusiones. Envió el diente a París, a Cuvier, solicitando su opinión, pero el gran francés lo desdeñó considerándolo de un hipopótamo. (Más tarde se disculparía noblemente por este error impropio de él.) Un día que Mantell estaba investigando en el Museo Hunteriano de Londres trabó conversación con otro investigador, que le dijo que el diente se parecía mucho a los de unos animales que él había estado estudiando, las iguanas de Suramérica. Una rápida comparación confirmó el parecido. Y así la criatura de Mantell se convirtió en el iguanodonte gracias a un lagarto tropical, amigo de tumbarse al sol, con el que no tenía relación alguna.

Mantell preparó un artículo para exponerlo ante la Real Sociedad. Pero daba la casualidad, por desgracia, de que se había encontrado otro dinosaurioen una cantera de Oxfordshire y acababa de describirse formalmente. Lo había hecho el reverendo Buckland, el mismo individuo que le había instado a no trabajar con prisas. Era el megalosaurio, y el nombre se lo había sugerido en realidad a Buckland su amigo el doctor james Parkinson,. el presunto radical y epónimo de la enfermedad de Parkinson. Debemos recordar que Buckland era ante todo un geólogo, y lo demostró con su obra sobre el megalosaurio. En su informe, para los Anales de la Sociedad Geológica de Londres indicaba que los dientes de la criatura no estaban directamente unidos a la quijada, como en el caso de los lagartos, sino emplazados en alveolos a la manera de los cocodrilos. Pero, aunque se dio cuenta de eso, no supo qué significaba: que el megalosaurio era un tipo completamente nuevo de criatura. De todos modos, aunque su informe no revelase demasiada agudeza ni penetración, era la primera descripción que se publicaba de un dinosaurio…, así que es a Buckland, en vez de a Mantell, que se lo merecía más, al que se atribuye el mérito del descubrimiento de esa antigua estirpe de seres. Mantell, ignorando que la decepción iba a ser una característica constante de su vida, continuó dedicándose a buscar fósiles -encontró otro gigante, el hileosaurio, en 1833- y a comprárselos a los trabajadores de las canteras y a los campesinos, hasta llegar a reunir la que probablemente fuese la mayor colección de fósiles de Inglaterra. Era un excelente médico y un cazador de huesos muy dotado,pero no fue capaz de compaginar ambas cosas. A medida que crecía su manía coleccionista descuidaba la práctica médica. Los fósiles no tardaron en ocupar toda su casa de Brighton y en consumir gran parte de sus ingresos. Una buena porción del resto se fue en la financiación de la publicación de libros que pocos se interesaban por comprar. De Illustrations of the Geology of Sussex [Ilustraciones de la geología de Sussex], publicado en 1827, sólo vendió 50 ejemplares y tuvo unas pérdidas de 300 libras… una suma inquietante, bastante considerable para la época.

Un tanto angustiado por su situación, se le ocurrió la idea de convertir su casa en un museo y cobrar la entrada, dándose cuenta luego, tardíamente, de que ese acto mercenario daría al traste con su condición de caballero, no digamos ya de científico, por lo que acabó dejando que la gente visitara la casa gratis. Los visitantes llegaron a centenares, semana tras semana, perturbando su práctica médica y su vida doméstica. Finalmente se vio obligado a vender la mayor parte de la colección para pagar sus deudas. Poco después le abandonó su esposa, llevándose con ella a sus cuatro hijos.

Pero, increíblemente, sus problemas no habían hecho más que empezar.

En el distrito de Sydenham, en el sur de Londres, en un lugar llamado Crystal Palace Park, puede contemplarse un espectáculo extraño y olvidado: la primera colección del mundo de reproducciones de dinosaurios de tamaño natural. No es mucha la gente que se desplaza hasta allí en estostiempos, pero en otros era una de las atracciones más populares de Londres… Fue, en realidad, como ha dicho Richard Fortey, el primer parque temático del mundo. Las reproducciones tienen muchas cosas que no son rigurosamente correctas. El iguanodonte tiene el pulgar colocado en la nariz, como una especie de púa, y el animal se sostiene sobre cuatro robustas patas, lo que le hace parecer un perro corpulento, torpe y demasiado grande. (En realidad, el iguanodonte no andaba en cuclillas sobre las cuatro patas, sino que era bípedo.) Mirando ahora a esas extrañas y enormes bestias te parece que es difícil que pudiesen causar unos rencores y unas amarguras tan grandes, pero así fue. Puede que no haya habido nada en la historia natural que haya sido centro de odios más feroces y más duraderos que ese linaje de animales antiguos llamados dinosaurios.

En la época en que se construyeron esos dinosaurios, Sydenham estaba situado a un extremo de Londres y su espacioso parque se consideró un lugar ideal para reedificar el famoso Palacio de Cristal, la construcción de cristal y hierro colado que había sido la gran joya de la Gran Exposición de 1855 y de la que el nuevo parque tomó naturalmente su nombre. Los dinosaurios, que eran de hormigón armado, constituían una especie de atracción complementaria. En la Nochevieja de 1853 se celebró, dentro del iguanodonte inconcluso, una célebre cena en la que participaron veintiún destacados científicos. Gideon Mantell, el hombre que había encontrado eidentificado el iguanodonte, no figuraba entre ellos. La mesa estaba presidida por la máxima estrella de la joven ciencia de la paleontología. Se llamaba Richard Owen y ya había dedicado por entonces varios años, con bastante éxito, a convertir en un infierno la vida de Gideon Mantell.

Owen procedía de Lancaster, en el norte de Inglaterra, donde se había hecho médico. Era un anatomista nato y tan entregado a sus estudios que tomaba prestados a veces ilícitamente miembros, órganos y otras partes de cadáveres' 5 y se los llevaba a casa para diseccionarlos con tranquilidad. En una ocasión en que iba cargado con un saco que contenía la cabeza de un marinero negro africano que acababa de cortar, resbaló en un adoquín mojado y vio con horror que la cabeza se caía del saco y se iba saltando calle abajo y se colaba por la puerta abierta de una casa, en la que penetró deteniéndose en el salón de la entrada. Sólo podemos imaginar lo que dirían los habitantes de la casa al ver que una cabeza desprendida entraba rodando por su puerta y se paraba a sus pies. Es de suponer que no hubiesen llegado a ninguna conclusión demasiado novedosa cuando, un instante después, un joven que parecía muy nervioso irrumpió en su casa y recogió, sin decir palabra, la cabeza y se apresuró a desaparecer de nuevo.

En 1825, cuando tenía justamente veintiún años de edad, Owen se trasladó a Londres y poco después fue contratado por el Real Colegio de Cirujanos para ayudar a organizar sus extensas pero desordenadas coleccionesde especímenes médicos y anatómicos. La mayoría de ellos se los había dejado a la institución John Hunter, distinguido cirujano y coleccionista incansable de curiosidades médicas, pero nadie había ordenado y catalogado hasta entonces la colección, sobre todo porque después de la muerte de Hunter se había perdido toda la documentación que explicaba el historial de cada espécimen.

Owen destacó enseguida por su capacidad de organización y deducción. Demostró ser un anatomista sin par y poseer además un talento instintivo para reconstruir casi equiparable al del gran Cuvier de París. Se convirtió en un experto tal en la anatomía animal que se le otorgó la primera opción sobre cualquier animal que muriese en los Jardines Zoológicos de Londres, que se enviaba invariablemente a su casa para que lo examinase. Un día su mujer llegó a casa y se encontró con un rinoceronte recientemente fallecido en el vestíbulo. Owen se convirtió muy pronto en un destacado especialista en todo tipo de animales vivos y extintos, desde ornitorrincos, equidnas y otros marsupiales recién descubiertos hasta el desventurado dodó y las extintas aves gigantes llamadas moas que habían vagado por Nueva Zelanda hasta que los maoríes se las habían comido todas. Fue el primero que describió el arqueopterix, tras su descubrimiento en Baviera en 1861, y el primero que escribió un epitafio oficial del dodó. Escribió en total unos seiscientos artículos anatómicos, una producción prodigiosa.

Pero por lo que se recuerda a Owen espor su trabajo con los dinosaurios. Fue él quien acuñó el término dinosauria en 1841. Significa «lagarto terrible» y era una denominación curiosamente impropia. Los dinosaurios, como sabemos ahora, no eran tan terribles -algunos no eran mayores que conejos y probablemente fuesen extremadamente retraídos- e indiscutiblemente no eran lagartos; estos últimos son en realidad un linaje mucho más antiguo (treinta millones de años más). Owen tenía muy claro que aquellas criaturas eran reptiles y tenía a su disposición una palabra griega perfectamente válida, herpeton, pero decidió por alguna razón no utilizarla. Otro error más excusable -dada la escasez de especímenes que había entonces- fue no darse cuenta de que los dinosaurios constituían no uno sino dos órdenes de reptiles: los ornitisquianos, de cadera de ave, y los saurisquianos, de cadera de lagarto.

Owen no era una persona atractiva, ni en la apariencia física ni en el carácter. Una foto del final de su madurez nos lo muestra como un individuo adusto y siniestro, como el malo de un melodrama decimonónico, de cabello largo y lacio y ojos saltones: un rostro apropiado para meter miedo a los niños. Era en sus modales frío e imperioso, y carecía de escrúpulos cuando se trataba de conseguir sus propósitos. Fue la única persona a la que sepamos que Charles Darwin detestó siempre. Hasta su propio hijo -que se suicidó poco después- hablaba de la «lamentable frialdad de corazón» de su padre. Sus indudables dotes como anatomista le permitieronrecurrir a las falsedades más descaradas. En 1857 el naturalista T. H. Huxley estaba hojeando una nueva edición del Churchill's Medical Directory [Directorio médico de Churchill] y se encontró con que Owen figuraba en él como profesor de fisiología y anatomía comparadas de la Escuela Oficial de Minas, cosa que le sorprendió mucho, ya que era precisamente el puesto que ostentaba él. Al preguntar a los responsables de la publicación cómo podían haber incurrido en un error tan elemental, estos le dijeron que había sido el propio doctor Owen quien había aportado la información. Otro colega naturalista, llamado Hugh Falconer, pilló por su parte a Owen atribuyéndose uno de sus descubrimientos. Otros le acusaron de haberles pedido prestados especímenes y haber negado luego haberlo hecho. Owen se enzarzó incluso en una agria polémica con el dentista de la reina por la atribución de una teoría relacionada con la fisiología de los dientes.

No vaciló en perseguir a los que no le agradaban. Al principio de su carrera se valió de su influencia en la Sociedad Zoológica para condenar al ostracismo a un joven llamado Robert Grant, cuyo único delito era haber demostrado poseer grandes dotes para la anatomía. Grant se quedó atónito al descubrir que se le negaba de pronto acceso a los especímenes anatómicos que necesitaba para efectuar su investigación. Incapaz de continuar con su trabajo, se sumió en una comprensible y descorazonada oscuridad.

Pero nadie padeció más por las atenciones malintencionadasde Owen que el desventurado Gideon Mantell, al que la desgracia acosaba cada vez más. Después de perder a su mujer y a sus hijos, su práctica médica y la mayor parte de su colección de fósiles, Mantell se trasladó a Londres. Allí, en 1841 (el año fatídico en que Owen alcanzaría su máxima gloria por la denominación e identificación de los dinosaurios), sufrió un terrible accidente. Cuando cruzaba Clapham Common en un carruaje se cayó del asiento, se quedó enredado en las riendas y los aterrados caballos le arrastraron al galope por un terreno irregular. El percance le dejó encorvado, lisiado con dolores crónicos, y con la columna vertebral dañada irreversiblemente.

Owen, aprovechándose del estado de debilidad de Mantell, se dedicó a eliminar sistemáticamente de los archivos sus aportaciones, renombrando especies a las que Mantell había puesto nombre años antes y atribuyéndose él mismo el mérito de su descubrimiento. Mantell siguió intentando realizar investigaciones originales, pero Owen utilizó su influencia en la Real Sociedad para conseguir que se rechazasen la mayoría de los artículos que presentaba. En 1851, incapaz de soportar más dolor y más persecución, Mantell se quitó la vida. Tras la autopsia, se extirpó al cadáver la columna vertebral dañada y se envió al Real Colegio de Cirujanos donde -por una ironía que imagino que podrás apreciar- se dejó al cuidado de Robert Owen, director del Museo Hunteriano de la institución.

Pero aún no habían acabado del todo las ofensas. Pocodespués de la muerte de Mantel apareció en la Literary Gazette una necrológica de una falta de caridad apabullante. Se calificaba en ella al difunto de anatomista mediocre, cuyas modestas aportaciones a la paleontología se hallaban limitadas por una «carencia de conocimiento exacto». La necrológica le arrebataba incluso el descubrimiento del iguanodonte, que se atribuía a Cuvier y a Owen, entre otros. Aunque el texto no llevaba firma, el estilo era el de Owen y en el mundo de las ciencias naturales nadie dudó de su autoría.

Pero por entonces los pecados de Owen estaban empezando a pasarle factura. Su ruina se inició cuando un comité de la Real Sociedad -un comité que daba la casualidad que presidía él- decidió otorgarle el máximo honor que podía otorgar, la Medalla Real, por un artículo que había escrito sobre un molusco extinto llamado belemnita. «Sin embargo -como indica Deborah Cadbury en Los cazadores de dinosaurios, su excelente historia del periodo-, ese artículo no era tan original como parecía.» Resultó que la belemnita la había descubierto cuatro años antes un naturalista aficionado llamado Chaning Pearce, y se había informado detalladamente del descubrimiento en una sesión de la Sociedad Geológica Triunfo tardío e involuntario. Hoy su propia estatua ocupa una posición dominante en la escalera del vestíbulo principal del Museo de Historia Natural, mientras que Darwin y T. H. Huxley están consignados un tanto oscuramente a la cafetería de la institución, donde observan muy serioscómo toma la gente sus tazas de café y sus donuts de mermelada.

Sería razonable suponer que las mezquinas rivalidades de Richard Owen constituyeron el punto más bajo de la paleontología del siglo XIX, pero aún estaba por llegar lo peor, esta vez al otro lado del mar. En las últimas décadas del siglo surgió en Estados Unidos una rivalidad todavía más espectacularmente ponzoñosa e igual de destructiva. Los protagonistas fueron dos hombres extraños e implacables: Edward Drinker Cope y Othniel Charles Marsh.

Tenían mucho en común. Ambos eran individuos malcriados, impulsivos, egoístas, pendencieros, envidiosos, desconfiados y siempre desdichados. Y cambiaron entre los dos el mundo de la paleontología.

Empezaron profesándose amistad y admiración mutua, poniendo incluso cada uno de ellos el nombre del otro a especies fósiles, y pasaron una semana juntos en 1868. Pero hubo algún problema entre ellos -nadie sabe exactamente qué fue-y, al año siguiente, se profesaban una enemistad que se convertiría en un odio devorador a lo largo de las tres décadas siguientes. Probablemente pueda decirse con seguridad que no ha habido en las ciencias naturales dos personas que llegasen a despreciarse más.

Marsh, que era ocho años mayor que Cope, era un individuo retraído y libresco, de barba muy recortada y modales pulcros, que pasaba poco tiempo en el campo y al que no solía dársele demasiado bien encontrar cosas cuando estaba en él. En una visita a los famosos yacimientos de fósiles de dinosauriosde Como Bluff, Wyoming, no se dio cuenta siquiera de los huesos que había, en palabras de un historiador, «tirados por todas partes como troncos». Pero contaba con medios sobrados para comprar casi cualquier cosa que quisiese. Aunque de origen modesto (su padre era un granjero del interior del estado de Nueva York), tenía un tío inmensamente rico y extraordinariamente indulgente, el financiero George Peabody. Al ver que Marsh se interesaba por la historia natural, Peabody hizo construir para él un museo en Yale y aportó fondos suficientes para que lo llenase prácticamente con cualquier cosa que se le ocurriese.

Cope nació en un medio más directamente privilegiado (su padre era un hombre de negocios muy rico de Filadelfia) y era con mucho el más aventurero de los dos. En el verano de 1876, mientras los sioux estaban aniquilando a George Armstrong Custer y a sus tropas en Little Big Horn, Montana, él andaba buscando huesos en las proximidades. Cuando le dijeron que tal vez no fuera ése el momento más adecuado para ir a buscar tesoros en territorio indio, Cope se lo pensó un poco y luego decidió seguir adelante de todos modos. La estación estaba siendo demasiado buena. En determinado momento se encontró con una partida de recelosos indios crow, pero consiguió ganárselos sacándose y poniéndose varias veces la dentadura postiza.

La antipatía mutua que se profesaban Marsh y Cope adoptó la forma de críticas tranquilas durante una década o así, pero de pronto en 1877 pasó a adquirirdimensiones grandiosas. En ese año, un maestro de Colorado llamado Arthur Lakes encontró huesos cerca de Morrison cuando andaba de excursión con un amigo. Dándose cuenta de que los huesos procedían de un «saurio gigantesco», envió prudentemente unas muestras a Marsh y a Cope. Este último envió a su vez 100 dólares a Lakes por su amabilidad y le pidió que no le hablara a nadie de su descubrimiento, sobre todo a Marsh. Entonces Lakes, confuso, le pidió a Marsh que le diera los huesos a Cope. Marsh lo hizo, pero eso fue una afrenta que no olvidaría nunca.

El incidente significó también el inicio de una guerra entre los dos que fue haciéndose cada vez más agria, solapada y a menudo muy ridícula. Desembocaba a veces en los excavadores del equipo de uno tirando piedras a los del otro. Se sorprendió a Cope en una ocasión abriendo las cajas que pertenecían a Marsh. Se insultaban en letra impresa. Se burlaba cada uno de ellos de los descubrimientos del otro. Raras veces ha conseguido la animosidad –tal vez nunca- hacer avanzar la ciencia más rápido y con mayor éxito. Durante los años siguientes aumentaron entre los dos el número de especies conocidas de dinosaurios de Estados Unidos de nueve a casi ciento cincuenta. Casi todos los dinosaurios que una persona de cultura media puede nombrar (estegosaurio, brontosaurio, diplodoco, triceratopo) los descubrieron uno de los dos (Hay una excepción notable, el Tyrannosaurus rex, que encontró Barnum Brown en 1902. (N. del A.).

Desgraciadamente, trabajabancon una rapidez tan insensata que muchas veces no se daban cuenta de que un nuevo descubrimiento era algo ya conocido. Llegaron a «descubrir» entre los dos una especie llamada Uintatheres anceps veintidós veces nada menos. Costó años aclarar algunos de los líos de clasificación en que incurrieron. Algunos aún no se han aclarado. El legado científico de Cope fue con diferencia el más importante. En una carrera increíblemente productiva, escribió unos mil cuatrocientos artículos científicos y describió casi mil trescientas nuevas especies de fósiles (de todos los tipos, no sólo dinosaurios), una producción de más del doble que la de Marsh. Podría haber hecho incluso más, pero se hundió por desgracia en una decadencia bastante acelerada en sus últimos años. Había heredado una fortuna en 1875,1a invirtió imprudentemente en plata y lo perdió todo. Acabó viviendo en una habitación de una pensión de Filadelfia, rodeado de libros, papeles y huesos. Marsh, por el contrario, terminó sus días en una espléndida mansión de Nueva York. Cope murió en 1897, Marsh dos años después.

Cope se entregó en sus últimos años a otra obsesión interesante. Se convirtió en su deseo más ferviente el que le proclamasen el espécimen tipo del Horno sapiens, es decir, que sus huesos fuesen el modelo oficial de la especie humana. Lo normal es que el espécimen tipo de una especie sea la primera muestra de huesos encontrada, pero como no existe ninguna primera muestra de huesos de Horno sapiens, había un vacío que Copequiso llenar. Era un deseo extraño y vanidoso, pero a nadie se le ocurría una razón para oponerse a él. Así que Cope legó sus huesos al Instituto Wistar, una sociedad científica de Filadelfia financiada por los descendientes del aparentemente inesquivable Caspar Wistar. Por desgracia, después de que se prepararan y unieran sus huesos, se demostró que mostraban indicios de una sífilis incipiente, característica que difícilmente desearía uno preservar en el espécimen tipo de la propia especie. Así que la petición de Cope y sus huesos fueron relegados discretamente a una estantería. Aún no hay un espécimen tipo de los humanos modernos.

En cuanto a los otros actores de este drama, Owen murió en 1892, pocos años antes que Cope y que Marsh. Buckland acabó perdiendo el juicio y terminó sus días convertido en una ruina farfullante en un manicomio de Clapham, no lejos de donde Mantell había sufrido el accidente que le había dejado lisiado. La columna vertebral retorcida de éste continuó exhibiéndose en el Museo Hunteriano durante casi un siglo, hasta que, durante el Blitz, una bomba alemana acabó misericordiosamente con ella. Lo que quedó de su colección después de su muerte pasó a sus hijos, y gran parte de ello se lo llevó a Nueva Zelanda su hijo Walter, que emigró allí en 1840. Walter se convirtió en un neozelandés distinguido, llegando a ocupar el cargo de ministro de Asuntos Nativos del país. En 1865 donó los excelentes especímenes de la colección de su padre, incluido el famoso diente deiguanodonte, al Museo Colonial de Wellington (hoy Museo de Nueva Zelanda), donde han permanecido desde entonces. El diente de iguanodonte, que fue el principio de todo -habría razones para considerarlo el diente más importante de la paleontología-, ya no está expuesto al público.

La caza de dinosaurios no acabó, claro está, con la muerte de los grandes cazadores de fósiles del siglo XIX. En realidad, en una medida sorprendente, no había hecho más que empezar. En 1898, el año que separa las muertes de Cope y de Marsh, se realizó un hallazgo -se notificó, en realidad-, muy superior a todos los que se habían hecho anteriormente, en un lugar llamado Bone Cabin Quarry, a sólo unos kilómetros de Como Bluff, Wyoming, el principal terreno de caza de Marsh. Había allí cientos y cientos de huesos fósiles a la intemperie bajo las colinas. Tan numerosos eran, realmente, que alguien se había construido una cabaña con ellos… de ahí el nombre del lugar. (Bone Cabin Quarry significa en inglés Cantera de la Cabaña de Hueso. (N. del T). Sólo en las dos primeras estaciones se excavaron en ese yacimiento 40.000 kilos de huesos antiguos y decenas de miles de kilos más en cada media docena de años siguientes.

El resultado final es que, al iniciarse el siglo XX, los paleontólogos tenían literalmente toneladas de huesos viejos por revisar. El problema era que aún no tenían ni idea de lo viejos que podían ser aquellos huesos. Peor todavía, las eras atribuidas a la Tierra no podían incluir los numerosos eones,eras y épocas que evidentemente contenía el pasado. Si la Tierra sólo tenía en realidad unos veinte millones de años de antigüedad, como insistía en sostener el gran lord Kevin, órdenes completos de antiguas criaturas debían de haber aparecido y desaparecido de nuevo prácticamente en el mismo instante geológico. Simplemente carecía de sentido.

Otros científicos además de Kelvin se interesaron por el problema y obtuvieron resultados que no hicieron más que aumentar la inseguridad. Samuel Haughton, un respetado geólogo del Trinity College de Dublín proclamó una edad aproximada para la Tierra de 2.300 millones de años… mucho más de lo que nadie estaba proponiendo. Cuando se le llamó la atención sobre ese hecho, hizo un nuevo cálculo utilizando los mismos datos y obtuvo la cifra de 153 millones de años. John Joly, también del Trinity, decidió intentarlo con la idea de la sal de los mares de Edmond Halley, pero su método se basaba en tantos supuestos incorrectos que acabó totalmente desorientado. Calculó que la Tierra tenía 89 millones de años, una edad que se ajustaba con bastante precisión a las suposiciones de Kelvin pero desgraciadamente no a la realidad.

La confusión era tal38 que, a finales del siglo XIX, según el texto que consultases, podías informarte de que el número de años que mediaban entre nosotros y el inicio de la vida compleja en el periodo Cámbrico era de 3 millones, 8 millones, 600 millones, 794 millones o 2.400 millones de años… O alguna otra cifra comprendida dentro deese ámbito. Todavía en 1910, uno de los cálculos más respetados, el del estadounidense George Becker, establecía la edad de la Tierra en sólo unos 55 millones de años.

Justo cuando las cosas parecían más obstinadamente confusas, surgió otro personaje extraordinario con un nuevo enfoque. Era un muchacho campesino, neozelandés, de brillante inteligencia llamado Ernest Rutherford. Él aportó pruebas bastante irrefutables de que la Tierra tenía como mínimo varios cientos de millones de años, probablemente bastantes más.

Sus pruebas se basaban, curiosamente, en la alquimia, una alquimia espontánea, científicamente creíble y despojada de todo ocultismo, pero alquimia de todos modos. Resultaba que Newton no había estado tan equivocado, después de todo. Cómo se hizo evidente todo esto es otra historia.





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