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Los coleccionistas de piedras - henry Cavendish





Precisamente cuando Henry Cavendish estaba terminando sus experimentos en Londres, en Edimburgo, a 640 kilómetros de distancia, estaba a punto de producirse otro acontecimiento trascendental: la muerte de James Hutton. Era una mala noticia para Hutton, por supuesto, pero buena para la ciencia, porque despejaría el camino para que un hombre llamado John Playfair pudiese rescribir sin impedimento alguno la obra de Hutton.

Hutton era según todas las versiones un hombre de agudísima inteligencia y animada conversación, encantador en compañía y que no tenía posible rival en la interpretación de los lentos y misteriosos procesos que conformaron la Tierra. Pero, desgraciadamente, era incapaz de exponer sus ideas de forma que alguien pudiese entenderlas. Como comentaba un biógrafo con un suspiro casi audible, carecía«prácticamente de virtudes retóricas». Casi cada línea que escribió era una invitación a dormirse. He aquí lo que dice en su obra maestra de 1745, Teoría de la Tierra, analizando…, bueno, algo:



El mundo que habitamos está compuesto de los materiales, no de la tierra que fue predecesora inmediata de la actual, sino de la tierra que, partiendo del presente, consideramos la tercera y que había precedido al territorio que estaba sobre la superficie del mar, mientras que nuestra tierra actual estaba aún bajo el agua del océano.

Sin embargo, casi solo y con gran inteligencia creó la ciencia de la geología y transformó nuestra forma de entender la Tierra.

Hutton nació en 1726, en el seno de una acaudalada familia escocesa, y disfrutó de un desahogo económico que le permitió pasar gran parte de su vida en una desahogada y grata sucesión entre el trabajo liviano y perfeccionamiento intelectual. Estudió medicina, pero no le gustó y se dedicó a la agricultura, una actividad que abordó de una forma relajada y científica en la finca familiar de Berwickshire. En 1768, cansado del campo y del ganado, se trasladó a Edimburgo, donde se inició en los negocios con éxito fabricando cloruro de amonio a partir de hollín de carbón y se dedicó a diversas actividades científicas. El Edimburgo de la época era un importante centro de actividad intelectual y Hutton disfrutó de sus enriquecedoras posibilidades. Se convirtió en miembro dirigente de una asociación llamada Oyster Club, donde pasaba las veladas encompañía de hombres como el economista Adam Smith, el químico Joseph Black y el filósofo David Hume, así como esporádicos estudiosos de la electricidad como Benjamin Frank lin y James Watt.

Hutton, siguiendo la tradición de la época, se interesó por casi todo, desde la mineralogía hasta la metafísica. Realizó experimentos con sustancias químicas, investigó métodos de extracción del carbón y de construcción de canales, visitó minas de sal y especuló sobre los mecanismos de la herencia, recogió fósiles y propuso teorías sobre la lluvia, la composición del aire y las leyes del movimiento entre otras muchas cosas. Pero se interesó en especial por la geología.



Entre los temas que despertaban el interés, en aquel periodo fanáticamente inquisitivo, había uno que desconcertaba a todo el mundo desde hacía mucho tiempo. sPor qué se encontraban tan a menudo antiguas conchas de moluscos y otros fósiles marinos en las cumbres de las montañas? sCómo demonios habían llegado hasta allí? Quienes creían tener una solución al problema se dividían en dos campos opuestos. Unos, los llamados neptunistas, estaban convencidos de que todo lo que había en la Tierra, incluidas las conchas marinas halladas en lugares inverosímiles por su altura, podían explicarse por las oscilaciones del nivel del mar. Creían que las montañas, las colinas y demás accidentes geográficos eran tan antiguos como la propia Tierra y se modificaban únicamente por la acción del agua sobre ellos durante los periodos de inundaciónglobal.

El otro grupo era el de los plutonistas, que creían que eran los volcanes y los terremotos, entre otros agentes tonificantes, los que modificaban constantemente la superficie del planeta que, evidentemente, nada debía a los díscolos mares. Los plutonistas planteaban además preguntas embarazosas sobre adónde se iba el agua de la inundación cuando se retiraba. Si había en ciertos periodos suficiente para cubrir los Alpes, adónde se iba en los largos periodos de tranquilidad como el que presenciaban. Creían que la Tierra estaba sometida a fuerzas interiores profundas además de las superficiales. No eran capaces, sin embargo, de explicar de forma convincente cómo habían llegado todas aquellas conchas allá arriba.

Cavilando sobre todas estas cuestiones se le ocurrió a Hutton una serie de ideas excepcionales. Se dio cuenta, investigando en sus propias tierras de cultivo, de que el suelo se creaba por la erosión de las rocas y que ríos y arroyos arrastraban partículas de ese suelo y las transportaban y depositaban de nuevo en otros lugares. Comprendió que, si se llevaba un proceso como aquél a su conclusión natural, la Tierra acabaría siendo completamente lisa. Pero todo lo que veía a su alrededor eran montañas y colinas. Resultaba evidente que tenía que haber algún proceso adicional, alguna forma de renovación y ascensión, que creaba nuevas montañas y colinas para mantener el ciclo en marcha. Los fósiles marinos de las cumbres de las montañas no podían haber sido depositados allí porlas inundaciones, sino que se habrían elevado con las propias montañas. Dedujo también que era el calor del interior de la Tierra lo que creaba las nuevas rocas y los continentes y hacía elevarse las cordilleras. No exageramos nada si decimos que los geólogos no se harían cargo de todo lo que significaba su idea hasta dos siglos más tarde, cuando adoptaron finalmente el concepto de tectónica de placas. Lo que las teorías de Hutton indicaban era, sobre todo, que el proceso que había formado la Tierra exigía inmensas cantidades de tiempo, mucho más de lo que nunca había soñado nadie. Había en aquello suficientes indicios para transformar completamente nuestra forma de ver el planeta.

Hutton expuso sus ideas en un largo artículo en 1785, que se leyó en sucesivas sesiones de la Real Sociedad de Edimburgo. No atrajo la atención de casi nadie. No es muy difícil entender por qué. Fue así, en parte, como lo expuso al público:

En uno de los casos, la causa formadora está en el cuerpo que se separa porque, después de que el calor ha actuado sobre él, es por la reacción de la propia materia del cuerpo que se forma la grieta que forma la veta. En el otro caso, la causa es también extrínseca en relación con el cuerpo en el que se forma la grieta. Ha habido una fractura y una divulsión violentas en extremo; pero aún hay que buscar la causa y no aparece en la veta porque no se encuentran los minerales o las sustancias propias de las vetas de minerales en todas las fracturas y dislocaciones del cuerposólido de nuestra Tierra.

Ni qué decir tiene que casi ninguno de sus oyentes tenía la menor idea de lo que estaba explicando. Sus amigos le animaron a ampliar su teoría, con la conmovedora esperanza de que en un formato más amplio pudiese de alguna manera tropezarse con la claridad, y Hutton dedicó los diez años siguientes a preparar su magnum opus, que se publicó en dos volúmenes en 1795.

Los dos libros juntos sumaban casi mil páginas y eran, sorprendentemente, peores de lo que hasta los amigos más pesimistas habían temido. Aparte de cualquier otra consideración, casi la mitad de la obra terminada consistía ahora en citas de fuentes francesas, en su lengua original. El tercer volumen era tan poco interesante que no se publicó hasta 1899, más de un siglo después de la muerte de Hutton, y el cuarto y último no llegó a publicarse nunca. La Teoría de la Tierra de Hutton es un firme candidato al puesto de libro de ciencia importante menos leído –o lo sería si no hubiese tantos más.



Incluso el geólogo más importante del siglo siguiente, Charles Lyell, un hombre que lo leía todo, confesó que era incapaz de leerlo.

Afortunadamente, Hutton tuvo su Boswell en la persona de John Playfair, un profesor de matemáticas de la Universidad de Edimburgo e íntimo amigo suyo, que no sólo era capaz de escribir una prosa tersa sino que -gracias a los muchos años que había pasado a su lado-, casi siempre comprendía lo que realmente Hutton intentaba decir. En 1802, cinco años después de la muerte deéste, Playfair publicó una exposición simplificada de los principios huttonianos, titulada Ilustraciones de la teoría huttoniana de la Tierra. El libro fue muy bien acogido por quienes se interesaban activamente por la geología, que no eran muchos en 1802. Pero eso estaba a punto de cambiar. sY cómo?

En el invierno de 1807 se reunieron en la Freemasons Tavern londinense de Long Acre, Covent Garden, trece almas gemelas para fundar una asociación que se llamaría Sociedad Geológica. La idea era reunirse una vez al mes para intercambiar ideas sobre cuestiones geológicas, mientras cenaban y tomaban amigablemente unas copitas de madeira. Se estableció un precio por la cena de 15 chelines, una cantidad deliberadamente alta para disuadir a aquellos cuyas calificaciones fuesen meramente cerebrales. Pero no tardó en hacerse evidente que existía una demanda de algo más propiamente institucional, con una sede permanente, donde se pudiese reunir la gente a compartir y discutir los nuevos descubrimientos. En unos diez años, el número de miembros aumentó hasta los cuatrocientos –seguían siendo todos caballeros, por supuesto- y la Sociedad Geológica amenazó con eclipsar a la Real Sociedad como primera sociedad científica del país.

Los socios se reunían dos veces al mes, de noviembre a junio, mes en el que se iban casi todos a pasar el verano haciendo trabajo de campo. No era gente que tuviese un interés pecuniario por los minerales, claro, ni siquiera académico la mayoría de ellos; simplemente erancaballeros que disponían de dinero y tiempo libre suficientes para poder practicar una afición de un modo más o menos profesional. En 1830 eran 745, y el mundo nunca volvería a ver algo semejante. Resulta difícil imaginarlo hoy, pero la geología conmocionó al siglo XIX -lo obsesionó positivamente- como no lo había hecho antes ninguna ciencia ni volvería a hacerlo. En 1839, cuando Roderick Murchison publicó The Silurian System [El sistema silurico], un grueso y pesado estudio de un tipo de roca denominado grauwaka, fue un éxito en ventas instantáneo; se agotaron enseguida cuatro ediciones, aunque costaba ocho guineas el ejemplar y, como estaba escrito en verdadero estilo huttoniano, era ilegible. (Hasta un partidario de Murchison llegaría a admitir que tenía «una carencia absoluta de atractivo literario».) Y cuando el gran Charles Lyell hizo un viaje a Estados Unidos en 1841, para dar una serie de conferencias en Boston, consiguió audiencias de tres mil personas que llenaron el Instituto Lowell para oír sus tranquilizadoras descripciones de zeolitas marinas y perturbaciones sísmicas en la Campania.

En todos los medios intelectuales modernos del mundo, pero sobre todo en Inglaterra, los hombres cultos se aventuraban a salir al campo a practicar un poco lo que se llamaba «recolección de piedras». Era una tarea que se tomaban en serio y solían vestirse con la gravedad adecuada: chistera y traje oscuro; salvo el reverendo William Buckland de Oxford, que tenía por costumbre ir a hacer sutrabajo de campo ataviado con una toga académica. El campo atrajo a muchos personajes extraordinarios, entre ellos el mencionado Murchinson, que pasó los primeros treinta años o así de su vida galopando detrás de los zorros, convirtiendo aves aeronáuticamente abordadas con perdigones en soplos de plumas errantes y sin manifestar más agilidad mental de la que se precisaba para leer The Times o para jugar una partida de cartas. Luego descubrió un interés por las piedras y se convirtió con una rapidez bastante asombrosa en un titán del pensamiento geológico.

Estaba también el doctor James Parkinson, que fue además un temprano socialista y autor de muchos folletos provocadores, con títulos como Revolution without Bloodshed [Revolución sin derramamiento de sangre]. En 1794 estuvo implicado en una conspiración un tanto lunática, al parecer, denominada «el complot de la pistola de juguete», en el que se planeó dispararle un dardo envenenado al rey Jorge III en el cuello cuando estuviese en su palco del teatro. Parkinson hubo de comparecer ante el Consejo Privado, que le interrogó, y a punto estuvo de que le enviasen a Australia cargado de cadenas; pero al final se retiraron los cargos que había contra él. Pasó a partir de entonces a tener un enfoque más conservador de la vida, se interesó por la geología y fue uno de los miembros fundadores de la Sociedad Geológica y escribió una obra geológica importante, Organic Remains of a Former World [Restos orgánicos de un mundo anterior], que siguióimprimiéndose durante medio siglo. Nunca volvió a causar problemas.

Hoy, sin embargo, le recordamos por su estudio trascendental de la afección denominada «parálisis agitante», pero conocida desde entonces como «enfermedad de Parkinson». (Hubo otra cosa en su vida que podemos considerar memorable. En 1785 se convirtió posiblemente en la única persona de la historia que ganó un museo de historia natural en una rifa. El museo quedaba en la plaza Leicester de Londres y lo había fundado sir Ashton Lever, que se había arruinado por su afición desmedida a coleccionar maravillas naturales. Parkinson conservó el museo hasta 1805, año en que ya no pudo seguir manteniéndolo, y se vendió y se dispersó la colección.)

Otro personaje, no tan notable por su personalidad pero que tuvo mayor influencia que todos los demás, fue Charles Lyell. Nació el mismo año en que murió Hutton y a sólo 240 kilómetros de distancia, en la aldea de Kinnordy. Aunque era de origen escocés, se crío en el lejano sur de Inglaterra, en el New Forest de Hampshire, debido a que su madre estaba convencida de que los escoceses eran unos borrachos irresponsables. Como era norma general entre los aristocráticos científicos decimonónicos, Lyell procedía de una familia acomodada y de elevado nivel intelectual. Su padre, que también se llamaba Charles, tenía la insólita distinción de ser una autoridad destacada en dos campos, el poeta Dante y los musgos (Orthotricium lyelli, sobre el que la mayoría de los visitantes del campo inglés sehabrá sentado alguna vez, se llama así por él). El joven Charles heredó de su padre el interés por la historia natural, pero fue en Oxford donde cayó bajo el hechizo del reverendo William Buckland (el de la toga flotante) e inició su dedicación a la geología a la que consagraría el resto de su vida.

Buckland era una especie de rareza encantadora. Consiguió algunos éxitos auténticos, pero se le recuerda, por lo menos en el mismo grado, por sus excentricidades. Era especialmente célebre por su colección de animales salvajes, algunos grandes y peligrosos, a los que permitía vagar a sus anchas por su casa y por su jardín, y también por su afán de recorrer gastronómicamente todas las especies de la creación. En casa de Buckland se podía servir a los invitados, dependiendo del capricho del anfitrión y la disponibilidad, conejillos de indias asados, ratones rebozados, puerco espín al horno o babosas marinas hervidas del sureste asiático. Buckland era capaz de encontrar virtudes en todos ellos, salvo en el topo común, que le parecía repugnante. Se convirtió, algo casi inevitable, en la principal autoridad en coprolitos (heces fosilizadas) y tenía una mesa hecha toda ella con piezas de su colección de especímenes.

Su actitud solía ser singular incluso cuando se dedicaba seriamente a la ciencia. En cierta ocasión, la señora Buckland sintió que su marido la zarandeaba para despertarla en plena noche gritando emocionado: «tQuerida mía, creo que las huellas del Cheirotherium son testudinales, esindiscutible!». Corrieron ambos a la cocina en ropa de cama. La señora Buckland preparó pasta con harina, la extendió sobre la mesa, mientras el reverendo Buckland iba a buscar la tortuga de la familia. La pusieron sobre la pasta, la hicieron caminar y descubrieron entusiasmados que sus huellas coincidían con las del fósil que había estado estudiando Buckland. Charles Darwin consideró a Buckland un bufón –ésa fue la palabra que empleó para calificarle-, pero a Lyell parece ser que le resultó inspirador y que le agradó lo suficiente como para acompañarle en un recorrido por Escocia en 1824. Poco después de ese viaje, Lyell decidió abandonar sus estudios de derecho y dedicarse plenamente a la geología.

Lyell era muy miope y padeció durante la mayor parte de su vida un penoso estrabismo que le daba un aire atribulado. (Finalmente perdería la vista.) Su otra peculiaridad14 era una costumbre que tenía de adoptar posturas inverosímiles sobre el mobiliario cuando se abstraía pensando: se tumbaba sobre dos sillas al mismo tiempo o «apoyaba la cabeza en el asiento de una silla, manteniéndose de pie» (por citar a su amigo Darwin). Cuando pensaba seriamente, se distraíais y solía colocarse tan bajo en el asiento que casi tocaba el suelo con las nalgas. El único trabajo de verdad que tuvo en su vida fue el de profesor de geología en el King's College londinense desde 1831 hasta 1833. Precisamente en ese periodo escribió Principios de geología, publicado en tres volúmenes, donde consolidó ydesarrolló en muchos sentidos las ideas que había formulado Hutton una generación antes. (Aunque Lyell nunca leyó a Hutton, fue un atento estudioso de la versión reelaborada de Playfair.)

Entre la época de Hutton y la de Lyell surgió una nueva polémica geológica, que desbancó en buena medida la vieja disputa entre neptunianos y plutonianos, aunque se confunda a menudo con ella. La nueva batalla se convirtió en un enfrentamiento entre catastrofismo y uniformitarianismo (términos nada atractivos que designan a las dos partes de una disputa importante y de muy largo alcance). Los catastrofistas, como cabría esperar por su nombre, creían que la Tierra se había formado en virtud de fenómenos súbitos y cataclismáticos (inundaciones, sobre todo, que es el motivo de que se cometa el error de meter al catastrofismo y al neptunismo en el mismo saco). Resultaba especialmente atractivo para eclesiásticos, como Buckland, porque les permitían incorporar el diluvio bíblico de Noé a sus análisis científicos serios. Los uniformitarianos, por el contrario, creían que los cambios de la Tierra eran graduales y que casi todos los procesos se producían en ella lentamente, a lo largo de inmensos periodos de tiempo. El padre de la idea fue mucho más Hutton que Lyell, pero fue a Lyell a quien leyó casi toda la gente, y por eso se convirtió para la mayoría, entonces y ahora, en el padre del pensamiento geológico moderno.

Lyell creía que los cambios de la Tierra eran uniformes y firmes, que todo lo que había sucedidoen el pasado se podía explicar por los hechos que seguían produciéndose actualmente. Sus seguidores y él no sólo desdeñaban el catastrofismo, sino que lo detestaban. Los catastrofistas creían que las extinciones formaban parte de una serie en la que los animales desaparecían repetidamente y eran sustituidos por grupos nuevos… Una idea que el naturalista T. H. Huxley comparaba burlonamente con «una sucesión de partidas de cartas al final de cada una de las cuales los jugadores se levantaban de la mesa y pedían una baraja nueva». Era también un medio adecuado para explicar lo desconocido. «Nunca hubo un dogma mejor calculado para fomentar la indolencia y para embotar el agudo filo de la curiosidad», decía despectivamente Lyell.

Los fallos de Lyell no eran desdeñables. No supo explicar de forma convincente cómo se formaban las cadenas de montañas y dejó de lado los glaciares como agentes de cambio. Se negó a aceptar la idea de las glaciaciones de Agassiz («la refrigeración del globo», la denominó desdeñosamente) y estaba seguro de que se encontrarían mamíferos «en los lechos fosilíferos más antiguos». Rechazó la idea de que los animales y las plantas sufriesen aniquilaciones súbitas y creía que todos los principales grupos animales (mamíferos, reptiles, peces, etcétera) habían coexistido desde la aurora de los tiempos. Al final se demostraría que se equivocaba en todo eso.

Sin embargo, sería casi imposible exagerar la influencia de Lyell. Los Principios de geología agotaron 12ediciones durante su vida y contenían ideas que conformaron el pensamiento geológico hasta bien entrado el siglo XX. Darwin se llevó con él un ejemplar de la primera edición, en el viaje del Beagle, y escribió después: «El gran mérito de los Principios de geología fue que modificó toda la actitud mental, de manera que, al ver algo que nunca había visto Lyell, lo veías ya, en cierto modo, a través de sus ojos». En suma, le consideraba casi un dios, como muchos de su generación. Un testimonio del vigoroso influjo de Lyell es que, en la década de los ochenta, cuando los geólogos tuvieron que abandonar sólo una parte de su teoría para incluir las implicaciones de la teoría de las extinciones, por poco se mueren todos del susto. Pero eso corresponde ya a otro capítulo.

Entretanto, la geología tenía muchas cosas que aclarar y no todas ellas se esclarecieron pacíficamente. Los geólogos intentaron desde el principio clasificar las rocas por los periodos en los que se habían depositado, pero solía haber agrias disputas a la hora de establecer las líneas divisorias, siendo especialmente notable el extenso debate que llegó a conocerse como la Gran Controversia del Devónico. Se planteó cuando el reverendo Adam Sedgwick de Cambridge reclamó para el periodo Cámbrico una capa rocosa que Roderick Murchison creía que pertenecía en realidad al Silúrico. La polémica se prolongó varios años y llegó a ser sumamente acalorada. «De la Beche es un perro asqueroso», escribió Murchison a un amigo en un arrebatocaracterístico.

En parte podemos hacernos cargo de la fuerza del sentimiento echando un vistazo a los títulos de los capítulos de la excelente y sombría crónica que escribió sobre el asunto Marn J. S. Rudwick, The GreatDevonian Controversy [La gran controversia sobre el Devónico]. Empiezan de forma bastante inocua con títulos como «Campos de caballeroso debate» y «Desentrañando la grauwaka», pero luego continúan así: «Grauwaka defendida y atacada», «Reprobaciones y recriminaciones», «Difusión de rumores alarmantes», ‹Weaver se retracta de su herejía», «Poniendo en su sitio a un provinciano» y -por si había dudas de que se tratara de una guerra- «Murchison inicia la campaña de la Renania». La lucha cesó finalmente en 1879 por el simple expediente de introducir un nuevo periodo, el Ordovícico, entre el Cámbrico y el Silúrico.

Como los ingleses eran los más activos en los primeros años de esta disciplina, predominan en el léxico geológico los nombres ingleses. Devónico procede, claro, del condado inglés de Devon. Cámbrico, del nombre romano de Gales, mientras que Ordovícico y Silúrico recuerdan antiguas tribus galesas, los ordovices y los silures. Pero, con el aumento de las prospecciones geológicas en otros lugares, empezaron a aparecer nombres de todas partes. El Jurásico alude a las montañas del Jura, en la frontera entre Francia y Suiza. El Pérmico procede de la antigua provincia rusa de Perm en los montes Urales. Debemos el Cretácico (de la palabra latina que significa greda) a un geólogobelga que tenía el elegante y brioso nombre de J. J. D'Omalius d'Halloy.

La historia geológica se dividió en principio en cuatro periodos de tiempo: primario, secundario, terciario y cuaternario. El sistema era demasiado simple para durar, y los geólogos no tardaron en aportar divisiones adicionales, eliminando al mismo tiempo otras. Primario y secundario cayeron en desuso, mientras que algunos desecharon el cuaternario y otros, sin embargo, lo conservaron. Hoy sólo se mantiene el terciario como denominación común en todas partes, aunque ya no representa un tercer periodo de nada.

Lyell introdujo en sus Principios de geología unidades adicionales, conocidas como épocas o series, para cubrir el periodo transcurrido desde la época de los dinosaurios, entre ellos el Pleistoceno («lo más reciente»), Plioceno («algo menos reciente»), Mioceno («moderadamente reciente») y Oligoceno («sólo un poco reciente») de una vaguedad muy atractiva. Se propuso en un primer momento utilizar para sus terminaciones «sincrono», componiendo designaciones tan crujientes como Meiosincrono y Pleiosincrono. El reverendo William Whewell, un hombre influyente, se opuso a esas denominaciones por razones etimológicas y propuso en su lugar una terminación «-eo», que producía Meioneo, Pleioneo, y así sucesivamente. El sufijo «-ceno» fue, por tanto, una especie de solución de compromiso.

En la actualidad, y hablando en términos muy generales, el tiempo geológico se divide primero en cuatro grandes periodos o eras:Precámbrico, Paleozoico (del griego, «vida antigua»), Mesozoico («vida media»), y Zenozoico («vida reciente»). Estas cuatro eras se dividen a su vez, según quién lo haga, en un número de su bgrupos que van de 12 a 20, que suelen llamarse periodos, aunque a veces se llaman también sistemas.

Casi todos ellos son además razonablemente bien conocidos: Cretácico, Jurásico, Triásico, Silúrico, etcétera. (Nosotros no haremos ningún examen, pero, si alguna vez necesitas memorizarlos, te iría bien recordar el consejo de John Wilford de concebir las eras (Precámbrico, Paleozoico, Mesozoico y Zenozoico) como las estaciones del año y los periodos (Pérmico, Triásito, Jurásico, etcétera) como los meses. (N. del A.)

Luego vienen las épocas de Lyell (Pleistoceno, Mioceno…), que se aplican sólo a los 65 millones de años más recientes, aunque paleontológicamente muy activos. Y, por último, tenemos una masa de subdivisiones pormenorizadas llamadas etapas o eras. La mayoría de ellas está bautizada -casi siempre torpemente- con nombres de lugares: Illinoiense, Desmoinesiense, Croixeiense, Kimmerridgiense, etcétera, etcétera. Según John McPhee, su número es de «decenas y decenas». Por suerte, a menos que elijas la geología como carrera, es improbable que vuelvas a oírlos mencionar.

El hecho de que las etapas o eras reciban distinto nombre en Norteamérica que en Europa y que sólo suelan coincidir vagamente en el tiempo, viene a complicar todavía más las cosas. Así, por ejemplo, el periodo norteamericanoCincinnateiense, coincide en general con el periodo Ashgiliense europeo, pero tiene además una minúscula parte del periodo Daradociano, que es anterior.

Por otra parte, todo esto cambia de un libro de texto a otro y de una persona a otra, de modo que algunas autoridades hablan de siete épocas recientes, mientras que otras se conforman con cuatro. En algunos libros encontrarás también el Terciario y el Cuaternario eliminados y sustituidos por periodos de diversa duración denominados Paleogeno y Neogeno. Otros dividen el Precámbrico en dos eras: la muy antigua, o Arqueana, y la más reciente, o Proterozoica. A veces verás también el término Fanerozoico, empleado para describir el periodo que abarca las eras Zenozoica, Mesozoica y Paleozoica.

Además, todo esto se aplica únicamente a unidades de tiempo. Las rocas se dividen en unidades completamente independientes llamadas sistemas, series y etapas. También se establece una distinción entre temprano y tardío (refiriéndose al tiempo) y superior e inferior (refiriéndose a las capas de roca). Todo esto puede resultar muy confuso para el no especialista, pero para un geólogo pueden ser cuestiones apasionantes. «He visto a algunos hombres mayores ponerse rojos de cólera por ese milisegundo metafórico de la historia de la vida», ha escrito el paleontólogo británico Richard Fortey, refiriéndose a una prolongada disputa del siglo xx sobre dónde se sitúa el límite entre el Cámbrico y el Ordovícico.

Hoy podemos al menos introducir en el asuntoalgunas técnicas de datación más precisas. Durante la mayor parte del siglo XIX, los geólogos sólo podían basarse en las conjeturas más probables. Lo más irritante era que, aunque pudiesen ordenar por eras las diversas rocas y los fósiles, no tenían idea de la duración de las eras. Cuando Buckland se puso a calcular la antigüedad de un esqueleto de ictiosauro, lo único que pudo hacer fue sugerir que había vivido en un periodo situado entre «diez mil [y] más de diez mil veces diez mil» años antes.

Aunque no había ningún medio fidedigno de datar los periodos, no faltaban personas dispuestas a intentarlo. El primer intento más conocido se llevó a cabo en 1650, cuando el arzobispo James Ussher de la Iglesia de Irlanda realizó un estudio cuidadoso de la Biblia y de otras fuentes históricas y llegó a la conclusión, en un grueso tomo titulado Annals of the Old Testament [Anales del Antiguo Testamento], de que la Tierra había sido creada el 23 de octubre de 4004 a. C. al mediodía, afirmación que ha hecho reír desde entonces a muchos historiadores y autores de libros de texto. (Aunque casi todos los libros le conceden un espacio, hay una variación notoria en los datos asociada con Ussher. Algunos textos dicen que comunicó sus conclusiones en 1650; otros, que en 1654; y hay otros aun que prefieren 1664. Muchos dan como fecha del supuesto inicio de la Tierra el 26 de octubre. Al menos en un libro notable se escribe su apellido, erróneamente, «Usher». Stephen Jay Gould hace un interesante examen delasunto en Ocho cerditos. (N. del A.)

Hay, por otra parte, un mito persistente -lo proponen muchos libros serios, además-, según el cual las ideas de Ussher predominaron entre los científicos hasta bien entrado el siglo XIX, y fue Lyell quien puso las cosas en su sitio. Stephen jay Gould cita en La flecha del tiempo, como ejemplo típico, esta frase de un libro popular en la década de los ochenta: «Hasta que Lyell publicó su libro, la mayoría de las personas inteligentes aceptaba la idea de que la Tierra era joven». En realidad, no era así. Tal como dice Martin J. S. Rudwick: «Ningún geólogo de ninguna nacionalidad cuyo trabajo tomasen en serio otros geólogos- propuso una escala temporal encerrada en los límites de una exégesis literal del Génesis». Hasta el reverendo Buckland, el alma más piadosa que podía producir el siglo XIX, indicó que la Biblia no decía en ninguna parte que Dios hiciese el cielo y la tierra el primer día, sino sólo «en el principio». Ese principio, razonaba Buckland, podría haber durado «millones de millones de años». Todo el mundo estaba de acuerdo en que la Tierra era vieja. La cuestión era simple: sCuánto?

Una de las mejores primeras propuestas para fechar el planeta procedió del siempre fiable Edmond Halley, que indicó en 1715 que, si dividiésemos la cuantía total de sal de los mares del mundo por la cantidad que se añade cada año, obtendríamos el número de años que llevan existiendo los mares, lo que daría una idea aproximada de la edad de la Tierra. Elrazonamiento era interesante, pero, por desgracia, nadie sabía cuánta sal había en el mar ni en qué cuantía aumentaba anualmente, lo que hacía el experimento imposible.

El primer intento de medición que podría calificarse de remotamente científico lo llevó a cabo el francés Georges-Louis Leclerk, conde de Buffon, en la década de 1770. Hacía mucho que se sabía que la Tierra irradiaba cantidades apreciables de calor –era algo evidente para cualquiera que entrara en una mina de carbón-, pero no existían medios de calcular su índice de disipación. El experimento de Buffon consistió en calentar unas esferas hasta calentarlas al blanco y calcular entonces la tasa de pérdida de calor tocándolas -es de suponer que muy ligeramente al principio-, mientras se iban enfriando. Dedujo de todo esto que la edad de la Tierra debía de oscilar entre los 75.000 y los 168.000 años. Era, por supuesto, un cálculo sumamente bajo; pero se trataba de una idea revolucionaria, y Buffon se enfrentó a una amenaza de excomunión por exponerla. Como hombre práctico, se retractó inmediatamente de su herejía involuntaria y luego repitió alegremente sus afirmaciones en todos sus escritos posteriores.

A mediados del siglo XIX, la gente más ilustrada creía que la Tierra tenía como mínimo varios millones de años de antigüedad, tal vez incluso varias decenas de millones. Pero seguramente no más. Así que fue toda una sorpresa que, en 1859, Charles Darwin proclamara en El origen de las especies que los procesos geológicos quehabían creado el Weald, una región de la Inglaterra meridional que se extiende por Kent, Su:-rey y Sussex, había tardado en completarse, según sus cálculos, 306.662.400 años. Era una afirmación notable, entre otras cosas, por ser de una precisión deslumbrante, pero aún más por oponerse directamente a la idea generalizada y aceptada sobre la edad de la Tierra. Resultó tan polémica que Darwin la suprimió en la tercera edición del libro. Pero el quid de la cuestión seguía en pie. Darwin y sus amigos geólogos necesitaban que la Tierra fuese vieja, pero nadie era capaz de dar con un medio de demostrarlo. (A Darwin le encantaban las cifras exactas. En una obra posterior proclamaba que el número de gusanos que se podían encontrar en un acre medio de suelo del campo inglés era de 53.767 (N. del A.).

Por desgracia para Darwin y para el progreso, el asunto llamó la atención de lord Kelvin (que, aunque indudablemente grande, no era por entonces más que William Thomson. No se convertiría en par del reino hasta 1892, cuando tenía 68 años y se acercaba al final de su carrera; pero me atendré aquí a la convención de utilizar el nombre retroactivamente). Kelvin fue uno de los personajes más extraordinarios del siglo XIX…, en realidad, de cualquier siglo. El científico alemán Hermann von Helmholtz, que tampoco se quedó atrás intelectualmente, explica que Kelvin poseía con mucho «una inteligencia, lucidez y agilidad de pensamiento» superiores a las de cualquier hombre que hubiese conocido él. «Me sentía aveces un verdadero mostrenco a su lado», añade con cierto desánimo.

Es un sentimiento comprensible, porque Kelvin fue realmente una especie de superhombre decimonónico. Había nacido en 1824 en Belfast y era hijo de un profesor de matemáticas de la Royal Academical Institution de Belfast al que trasladaron poco después a Glasgow. Kelvin demostró allí ser un prodigio tal que le admitieron en la Universidad de Glasgow a la tiernísima edad de diez años. Cuando tenía poco más de veinte, ya había estudiado en instituciones de Londres y París, se había graduado en Cambridge (donde obtuvo los máximos premios universitarios en remo y en matemáticas y encontró tiempo también para fundar una asociación musical), había sido elegido miembro de Peterhouse y había escrito (en francés y en inglés) una docena de artículos sobre matemáticas puras y aplicadas, de una originalidad tan deslumbrante que tuvo que publicarlos de forma anónima por miedo a poner a sus superiores en una situación embarazosa. A los veintidós años, regreso a Glasgow para ocupar un puesto de profesor de filosofía natural, puesto que conservaría los cincuenta y tres años siguientes.

A lo largo de una trayectoria profesional bastante larga (vivió hasta 1907 y hasta los ochenta y tres años), escribió 661 artículos, acumuló 69 patentes -que le proporcionaron abundantes ingresos- y se hizo famoso en casi todas las ramas de las ciencias físicas. Propuso, entre otras muchas cosas, el método que condujo directamente al invento de larefrigeración, ideó la escala de la temperatura absoluta que aún lleva su nombre, inventó el instrumental suplementario que permitió enviar telegramas a través de los mares e introdujo innumerables mejoras en el transporte y la navegación, desde la invención de una popular brújula marina a la fabricación de la primera sonda de profundidad. Y ésos fueron sólo sus éxitos prácticos.

Sus trabajos teóricos (sobre electromagnetismo, termodinámica y teoría ondular de la luz) fueron igualmente revolucionarios. Sólo tuvo en realidad un fallo, y fue que no supo calcular la edad correcta de la Tierra. Esta cuestión ocupó buena parte de la segunda mitad de su carrera, pero no llegó a aproximarse siquiera a una solución. En su primer intento, en 1862, en un artículo destinado a la revista popular McMillan's, proponía 98 millones de años como edad de la Tierra, pero aceptaba cautamente que la cifra pudiera ser tan baja como 20 millones de años o tan alta como 400 millones. Reconoció con notable prudencia que sus cálculos podrían ser erróneos si «hay dispuestas en el gran almacén de la creación fuentes hoy desconocidas por nosotros…», pero era evidente que le parecía improbable.

Con el paso del tiempo, Kelvin sería más rotundo en sus afirmaciones y se equivocaría más. Fue revisando constantemente sus cálculos a la baja, desde un máximo de 400 millones de años a 100 millones, luego a 50 y, finalmente, en 1897, a 24 millones de años. No era obstinación. Era sólo que no había nada en la física quepudiese explicar que un cuerpo del tamaño del Sol pudiera arder continuamente más de unas decenas de millones de años sin agotar su combustible. Se deducía de ello que el Sol y los planetas eran relativa, pero ineludiblemente, jóvenes.

El problema consistía en que casi todos los testimonios fósiles lo contradecían y, súbitamente, en el siglo XIX, aparecieron un montón de testimonios fósiles.

Formuló en particular la Segunda Ley de la Termodinámica. Para analizar esas leyes haría falta un libro dedicado sólo al tema, pero expongo aquí este resumen escueto del químico P. W. Atkins, sólo para dar una idea de ellas: «Hay cuatro leyes. La tercera de ellas, la Segunda Ley, fue la que primero se identificó. La primera, la Ley Cero, fue la última que se formuló. La Primera Ley, fue la segunda; la Tercera Ley podría no ser siquiera una ley en el mismo sentido que las otras». Resumiendo: la segunda ley afirma que siempre se desperdicia un poco de energía. No puedes construir una máquina de movimiento continuo porque, por muy eficiente que sea, siempre perderá energía y acabará parándose. La primera ley dice que no se puede crear energía y, la tercera, que no se pueden reducir las temperaturas al cero absoluto; habrá siempre algo de calor residual. Como indica Dennis Overbye, las tres leyes principales se exponen a veces irónicamente como (1) no puedes ganar, (2) no puedes quedar igual y (3) no puedes salirte del juego. (N. del A.)





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